8 de enero de 2014

Cadena de televisión



He descubierto recientemente la existencia de un canal en la tele que es bastante curioso, y esta imagen de arriba es una fotografía que he tomado de la pantalla justo en el momento que salían todos los contertulios en un plano magnífico. Sí, en ese momento se emitía uno de esos programas absurdos que sale gente hablando y hablando y que tampoco es que sea una maravilla eso que dicen pero bueno, a mucha gente le da igual.

El caso es que sorprende bastante las caras que tienen, miren ustedes. No es ya que sean feos, que sin duda lo son, si no la expresión de enfado que muestran, de ceño fruncido, de malestar, por no acabar diagnosticando de manera definitiva una notable frustración sexual, que salta a la vista en menos que canta un gallo.

He escuchado un poco de lo que dicen, opinando como buenamente pueden sobre cosas del gobierno, de la pseudopolítica española, de los catalanes, de los vascos y qué se yo, de montón de cosas que suelen salir en los titulares de los periódicos que hay en los quioscos de la capital de españa, aunque como casi todo el mundo sabe ya,  la mayor parte de esos periódicos no dicen la verdad ni en el numerito de la página.

Siguiendo con estos personajes que salían en esta cadena de televisión tan bonita, he de decir que me da un poco de pena verlos, pues pienso que deben haber sufrido mucho en esta vida, ¡si solo hay que mirarles a la cara! Pobrecitos, tan serios y así como tan resentidos de todo... es una pena, yo creo que deberíamos ayudarles, tenderles la mano, pues también son personas aunque no lo parezcan, acogerles, pues en este país cabemos todos y no hay por qué estar mal.

Imagínense las cosas que son capaces de decir, auténticas majaderías, sin lugar a dudas, que muestran una falta total de tolerancia y de comprensión dignas del primate más bruto pero ahí los tienen, ¡nada menos que en una cadena de televisión!. También han dicho algo sobre la iglesia y el papa y otra serie de estupideces muy características de la españa antigua y zombi de hace cincuenta años. Claro, ahora les comprendo más, pobrecitos, ¡son católicos! imagínense ustedes qué represión han debido de sufrir en la vida, represión sexual absoluta y vaya usted a saber si no han sido víctimas de abusos en la infancia por parte del mismísimo párroco del barrio ¡con las cosas tan feas que ha hecho la iglesia y la religión en general!

Pues ahí les tienen, un canal propio para ellos, hala, que también son hijos de dios; del suyo, claro está.

Yo en su día quise  hacer un canal de televisión con unos amigos, hace mucho tiempo, pero la cosa no pudo salir adelante, ¿ven? y eso siendo inteligentes y con ideas, y mira estos que son así, con esta minusvalía y salen por la tele aunque sea a decir bobadas, pero ahí pasan el rato, los pobres...

Funerales


18 de diciembre de 2012

Reunión de vecinos


Ocho de la tarde y ya es de noche. Hoy toca reunión de vecinos. Se han de tratar algunas cuestiones: las obras para el ascensor, el agua de la vecina del tercero que no deja de caer, el sistema inmunológico de los batracios durante la menopausia y todas las cosas que nos gustan.

Mis avances en el arte del dibujo me sorprenden a mí mismo y éste que les muestro es un retrato fiel, hiperrealista, casi fotográfico, de lo que es la reunión de que les hablo.

Jacinto, Rosi, Darío y otros señores casi decentes se forman en círculo y comienzan a gritar. Eso es lo primero que debe hacerse en una auténtica reunión vecinal. No hay niños, no hay lugar para ellos ahora, estorban. En realidad casi todos estos señorones y señoronas de edad avanzada están quemados el uno por el otro.

Están hartos de oir discutir a gritos a los hermanos, hijos de Rosi, del segundo centro. Todos saben que andan metidos en drogas. Al pequeño de ellos se le oye berrear por el patio, y es imposible de distinguir lo que dice pues no vocaliza, a causa de los nervios y de tanta ira que dispara hacia su hermano. Insulta a su madre y muchos ya se imaginan que es por eso; porque es un cocadicto y que además vende. Todos los domingos por la mañana tienen jaleo.

Darío, del primero centro, está sordo y puedes oir su televisión a la una de la madrugada tranquilamente, como si la tuvieras en tu propia casa. Por eso, los demás vecinos del primer piso han bajado a la reunión deseosos de increparle e incluso es posible que alguno de ellos vaya armado con algún objeto punzante y dañino, esperando la ocasión, el mínimo desaire del señor Darío, para abalanzarse sobre él y aplicarle una merecida sesión de acupuntura despiadada y vecinal.

¿Qué decir de los perritos? Tampoco aquí hay lugar para ellos. Pero cada vez hay más en este edificio. Están de moda. Y los perros rascan en el suelo a las siete de la mañana y eso molesta.

Hay ganas de ajusticiamiento para esa pareja de vecinos jóvenes que ha llegado hace un par de meses escasos al vecindario. Tal vez sean recién casados pero el caso es que tienen un perrillo de esos, tipo bulldog, o como se llame esa raza de perro enano y feo. Y el perro mea donde no debe. Ella es guapa y parece simpática. Tiene una estupenda y repelente voz de pito, pero la toleran porque es pelirroja. El maromo es un nota con cara de gilipollas, como casi todos los jóvenes modernos, y gasta trazas de tipo vulgar, hecho a molde. Pero tiene coche, y quién sabe si a lo mejor carrera, y eso ya parece ser suficiente para tener hacia él mayor consideración que hacia otros.

La vieja del cuarto ha destrozado el tendedero de ropa de los del tercero porque se le ha caído un tiesto, y ahora dice que ella no ha sido, ni era su tiesto ni era nada. Se la ve que no es muy lista, aunque en realidad da pena, porque tiene que soportar a un marido alto, con boina, e intoxicación etílica permanente. Una vida de aquellas vidas. Soporta a un alcohólico y encima hazle la comidita todos los días.

Los del primero izquierda, que eran una pareja de mediana edad con dos niños, se han ido sin pagar la renta. Una rubiasca con cara de mala leche que caía fatal a todo el mundo. Y el marido, otro soplanucas de la misma cuerda. Con las llaves del coche siempre en la mano y una melenita estúpida y rizada, lo cual es intolerable. Su casa se llenaba de gente, seguramente porque también vendían drogas, o a lo mejor eran amigos, igual de babosos que ellos.

La pobre vecina del quinto es viuda y tiene un hijo mongoloide. Una pena. Seguramente se salve de la quema. El chaval fundará un nuevo hogar con una novia gordísima que tiene y serán los dos tan infelices como el resto. A fin de cuentas, es a lo que todos aspiran.

Ciertamente hay mucho tonto rematado. Pero también hay algunos cabales. La del segundo derecha es una joven viuda con dos hijos, niño y niña, y es muy simpática, buena gente. Recuerdo cuando el chico cantaba a grito limpio canciones de moda realmente insoportables. Sin duda el niño es algo marica porque cualquiera no canta esas cosas. Por lo visto dejó de verse atraído por el mundo de la canción ligera y ahora tiene un perrito, cómo no, que molesta igualmente.

La gente es la gente. La vida es así. La vida es esto. Nadie quiere pagar el ascensor, por supuesto. Pero lo pagarán. Se oyen gritos durante todo el acto. Da lo mismo quién y cuánto griten, nadie hará caso de nadie pero todos acatarán y pagarán. El fontanero arreglará lo necesario para que no vuelva a haber goteras en ningún cerebro.

Dos horas de reunión y se masca la tragedia. Me conformo con trazar unas líneas más y rematar la obra que les muestro. Es suficiente y estoy cansado. 

Solo quería mostrarles lo vulgar de esto que llaman vida. Una vida colmenera y ruin. El portal, los vecinos; todo tan entrañable. Esto, tan solo una muestra ligera, sin muchos más detalles, lo escribo en memoria de mis antiguos vecinos.

En mi antiguo portal, el de toda la vida, hay muchos nuevos que ya no conozco y que  tampoco quiero conocer. Gente normal, ya saben; esa gente que grita, que trota por las escaleras a cualquier hora, en definitiva, que molesta. Pero el pasado es el pasado, y yo recuerdo aquello y poco más puedo decir. 

No sé, de todos modos creo que no hay futuro sin reunión de vecinos. Ahora ya no queda nada. Adiós.

26 de noviembre de 2012

Un picnic genial


No recuerdo una primavera como aquella. Ni un día primaveral tan agradable y lindo. Tan lleno de felicidad.

Era una tarde de mayo. El cielo era blanco y no teníamos otra cosa mejor que hacer que salir a ver la hierba, la ría, el paisaje industrial.

Deseábamos morir para nacer de nuevo, alegres, radiantes, y vestidos con trajes a rayas, tal y como vestían los gangsters en las películas de cine negro; nuestro cine.

Todo fue natural y fácil. No hubo más que vestirse, recoger algunas cosas e irnos a las afueras, donde ya todo es de color de hierro oxidado y el cielo del mismo tono grisáceo que nuestra sangre.

Ella adoptaba todas las posturas típicas de una actriz, en tal o cual escena… maneras de sentarse peliculeras y de llevar las gafas de sol hasta en la noche más oscura y definitiva.

Aunque el dibujo que pueden ver junto a este texto no es muy bueno, nos da una idea de lo que fue un picnic estupendo, genial. Había hierba amarilla, marrón, rojiza, el río verde parecía el más amenazante pantano, y a veces dejaba flotar un viejo neumático, alguna mancha oscura, posiblemente de alguna sustancia nuclear.

Una tarde memorable. Llena de sobredosis, de besos, de juegos absurdos, de no saber lo que pasará mañana. Escogimos un rincón, entre arbustos, desde el que veíamos montañas azuladas, con algún edificio fantasmal en el fondo… tal vez perteneciente a Bilbao, tal vez solo a nuestra imaginación intoxicada. Cerca una casa vieja, rota, seguro que de algún chatarrero o simplemente abandonada y pasto de yonkis. Auténticos yonkis de la Margen Izquierda, que son los yonkis más yonkis de la Historia de la Humanidad.

Extendimos nuestro mantelito nuevo, encontrado en un contenedor de basura, y sacamos los bocadillos y los refrescos. Y otras cosas típicas para pasar la tarde: insulinas, limón, cuchara, agua destilada, sonrisa de goma, lágrimas, cigarrillos...

Así empezó nuestra gran fiesta. Nuestro picnic maravilloso. Nos sentimos como niños, al menos durante cinco minutos.

Ella me amaba. Nunca supe por qué. Yo, a cambio de su amor, incapaz de amar ni a ella ni a nadie, tan solo trataba de complacerla, lamiéndola de vez en cuando. Entonces bastaba y la vida era otra, y ella y yo podíamos pasear, ir a merendar al campo, como niños ancianos, disfrutando de cosas sencillas, de las cosas antiguas que siempre se han hecho, y que no tienen ninguna relación con las tiendas, ni con las aceras llenas de transeúntes, ni con los teléfonos, ni con ordenadores, ni con los píxeles ni los números de ninguna clase. Ni nada que ver con el puto dinero. Ella era como yo: real.

Un niño nos ayudó trayendo la guitarra, el cubo y la pala y además un balón de plástico, de los que no duelen cuando te dan un pelotazo, y de esta manera todo resultó agradable, porque no nos faltó de nada. El chicuelo jugó durante un buen rato y le otorgamos un descomunal bocadillo de Nocilla, que devoró con ansia, como se han de comer este tipo de merendolas eufóricas y reconstituyentes.

Por aquella época yo siempre procuraba llevar encima mi vieja grabadora; absolutamente analógica. En realidad no era como la que se ve en el dibujo. Lo que yo tenía era una grabador de cuatro pistas un poco más aparatoso y que funcionaba con cinta de cassette, no con grandes bobinas ni nada parecido.

Grababa canciones que venían a mi cabeza constantemente. Ella me inspiraba. Junto a ella trataba de estrujarme los sesos, de mantener una línea de creatividad por encima de todo en la vida. No me interesaba demasiado trabajar. En realidad no me interesaba nada más que mis canciones. Mis canciones y sus labios, los de ella.

Solía grabar un ritmo de Casiotone en una de las pistas, que me ayudaba, a modo de metrónomo, a no perder el compás. Después en otra de las pistas grababa una guitarra, acústica o eléctrica, dependiendo de la idea. Luego venía el bajo en otra pista. Como no disponía de él, solía imitarlo destensando las cuerdas graves de la guitarra española, una o dos octavas más bajas, que, según cómo situara el micrófono, podía incluso simular un contrabajo al tocar con los dedos. Y bueno, la pista restante la usaba para hacer lo que se llamaba ping-pong, o algo así, que era mezclar las pistas grabadas en otra, dejando así el resto nuevamente disponibles. Después vendría otra guitarra tal vez, el teclado con sonido de órgano, una caja de batería o similar, golpeada con mucho cuidado de no perder el ritmo.

Por fin llegaba la voz, que era algo horrible, pero había que hacerlo. Debía cantar yo mismo aquella melodía grabada de manera tan artesanal. Solían ser letras sencillas, que casi siempre expresaban soledad o denuncia, letras que ponían de relieve mi condición marciana en un mundo imposible de entender.

Pero continuando con el picnic... mi idea allí era grabar voces e ideas sueltas, grabar su voz, delicada pero firme, de carácter. Pues ella nunca quiso cantar mis canciones. De hecho, apenas hablaba. Eso fue lo que me enamoró de ella, sin lugar a dudas. Sus ojos ya lo decían todo, y bastaban para fusilar a cualquiera. Su pelo no era rubio, ni rojo, ni negro, ni como aparece en el dibujo. Su pelo era fuego y no se hable más.

Leímos viejas cartas de amor, de odio, de risa… porque nosotros sabíamos escribir aunque pareciéramos totalmente ignorantes ante el mundo. Escribíamos en papeles, perfumados o no, nuestras ideas, nuestros sentimientos, y nuestras líneas de tinta real solían torcerse por la prisa en sacarlo todo fuera, y si alguno de nuestros pensamientos se desviaba y si había especial emoción, lascivia o locura.

Esperamos a que anocheciera, para volver a casa cabizbajos, extenuados de tantas emociones en un solo día. En esa tarde de primavera, salvajemente familiar y sincera. Tal vez es poco para el mundo, pero para nosotros fue más que un dibujo.

Aquella tarde de picnic ella y yo nos suicidamos. Acabamos flotando en nuestro eterno cielo blanquecino e industrial, en lágrimas inflamables, que se mezclaban con aquella mancha… de alguna sustancia, probablemente nuclear.